En primer lugar, los valores están íntimamente relacionados
con nuestras emociones y sentimientos. Por ejemplo, si valoramos la honestidad,
nos molesta y nos hiere la deshonestidad. Igual nos pasa con la sinceridad, el
respeto, la responsabilidad o cualquier otro valor.
Como todos sabemos, casi siempre resulta difícil explicar
los sentimientos. En consecuencia, como comunidad u organización también suele
ser difícil ponernos de acuerdo sobre el significado práctico de un valor.
En segundo lugar, cada quien tiene sus propias creencias,
convicciones y principios de vida, con su propia jerarquía.
Cada uno construye su propia escala de valores personales.
Los aprendemos desde la infancia y cada quien le otorga su propio sentido, de
acuerdo con sus experiencias, conocimientos previos y desarrollo como persona.
En tercer lugar, los valores pueden tener significados
relativos, dependiendo de la posición de la persona que lo pone en práctica.
Por ejemplo, ¿la honestidad justifica que una persona delate
a alguien que le dio información confidencial y privada? Sobre esta clase de
dilema no es fácil llegar a un consenso, lo que a su vez genera mucha polémica
acerca de la universalidad de ciertos
principios.
En cuarto lugar, los valores y su jerarquía varían con el
tiempo. Surgen con un significado especial y cambian a lo largo de la vida,
porque están relacionados con los intereses y necesidades individuales.
Cuando somos niños, en buena medida, nuestros valores son
definidos por necesidades de subsistencia y por la búsqueda de la aprobación de
los padres. Durante la adolescencia nos guían valores derivados de la necesidad
de experimentación e independencia. Ya de adultos nos planteamos otras
prioridades.
Esto permite explicar los obstáculos que existen para llegar
a acuerdos sobre principios y creencias entre diferentes personas, en distintos
momentos
de la vida.
En quinto lugar, los valores están estrechamente
relacionados con la moral y la ética. Ambos son conceptos filosóficos densos y
complejos, y es difícil ponernos de acuerdo sobre sus significados prácticos.
Por esta razón, dentro de las organizaciones y comunidades
tiende a difuminarse el sentido y la utilidad de los principios que sirven para
proporcionarles sentido de unidad.
Cuando hacemos “una lista de valores” en las organizaciones,
generalmente se pone énfasis en las definiciones teóricas. Logramos un consenso
general sobre las ideas, pero sin suficientes expresiones prácticas de las
conductas que implican.
Tenemos el reto de traducir los valores en listas de
comportamientos muy específicos, relacionados con el día a día. De esta manera
nutriremos mejor la relación entre los miembros de nuestros equipos y
lograremos mejor nuestros objetivos.
Si traducimos los valores en actuaciones concretas,
obtendremos más significados y más aplicaciones prácticas en la familia, en el
trabajo y en las organizaciones de las que formamos parte.
Tomado del www.elvalordelosvalores.com